darling I hope that you'll be here when I need you the most;

No es ningún secreto decir que en verano todo el mundo cambia. La distinta visión de la vida y el mundo, el calor sofocante y la falta de estrés y agobio saca de nosotros mismos nuestra mejor versión, la que no se ha llevado el aire.
El olor del mar, el de césped mojado, la sal y la arena en el cuerpo, el bronceado y tantas otras cosas simpatizan con esta época del año. Pero la verdad, lo que más me gusta a mi de estas vacaciones, merecidas vacaciones, es que dejamos de ser un poquito menos el resto de la gente y somos un poquito más nosotros mismos. Más felices, radiantes, dispuestos a todo. Hay gente que incluso se olvida de las redes sociales (algunos estarán pensando oh dios mio eso no es posible, pero lo es si realmente estás viviendo el verano) y del mundo al que están acostumbrados para unirse a esa gente que no ves el resto del año pero que en el reencuentro sientes que les viste hace dos días. La mayoría de la gente adelgaza, yo creo que es por la falta de los ratos muertos de estudio donde uno siempre acaba husmeando en la nevera a ver si puede encontrar algo con lo que entretenerse, y ya de paso, comer. Es decir, en breves palabras, el verano es una época especialmente maravillosa.

Entonces, cual fue mi sorpresa, cuando en un arrebato de las tres de la mañana, a finales de Agosto ya, me da por pensar en que el verano a mi no se me va a acabar nunca, o al menos, no por el momento.

Quitando el bronceado, que lo cambio por mi color blanco lejía; cambiando también el olor a mar por el olor a Invictus; quitando el césped mojado y oliendo humo de ciudad nuevamente, mi verano no acaba aquí. No, no dejo mis estudios. Y si, vuelvo a la rutina como todo el mundo. Pero es que he descubierto que, para mi, el verano tiene nombre y apellidos.

Mi verano tiene pelo moreno y verdes ojos. Es alto, delgado y tiene dos tatuajes. Lleva barba, unas veces más corta que otras. Mi verano lleva meses conmigo, y yo me acabo de dar cuenta de lo mucho verano que es para mi.

Sé que leerá esto algún día. Sé que se lo acabaré enseñando. Pero no se lo voy a decir todavía, hasta que no me cale el frío del invierno los huesos.

Pero es el verano para mi. Pongamos que la vida de cada uno es un año, y la gente que nos acompaña son nuestras estaciones. Para mi, la familia sería el amor y la ternura del invierno. La Navidad y todo lo que ella conlleva, muy familiar, muy acogedor. Los amigos, la primavera, que como dice el dicho, la sangre altera. Esos amigos que te hacen saltar y gritar y volver a saltar, a veces de rabia y a veces de alegría, los que te llenan por dentro de flores y te ponen los pies en la tierra cuando te has tragado demasiadas mariposas. El otoño se lo concedo a aquellos que me hicieron arrepentirme de ellos, como cuando te arrepientes de no haber ido a tal sitio en vacaciones o de no haber aprovechado un poco más ese tiempo libre. La llamada crisis post-vacacional vaya, gente que tiene que llegar y también deben irse de tu vida. Y llega de por medio el verano, esos meses del año en los que no hay vergüenza ni pudor ni lágrimas. De escribir nombres en la arena, de mirar la lluvia de estrellas. De abrazarse cuando es de noche y despertarse cada uno en una punta de la cama por la mañana, no por falta de amor, si no por falta de oxígeno y aire frío. Para mí él es el verano porque me hace ser una mejor versión de mí misma, una fantasía de lo que intento ser el resto del año. Me hace más divertida a la vez que sensata, más adulta y más niña, más feliz y menos preocupada. Y cuando me llega su olor salto como cuando llegas a la playa el primer día, y también se me pega a la piel. Me deja marcas por el cuerpo, sin rayos y con mordiscos. Y me hace mirar a sus ojos, que son las mejores lluvias de estrellas a las que pedir deseos.

Pongamos que no eres él, pero que me estás leyendo. No necesitas ser yo para entenderme esta vez, creo que es fácil reconocerse en lo que hablo. Cada uno tiene su año con sus cuatro estaciones, para mí, para mí él es verano.

Y no sabéis como me gusta vivir en estas vacaciones constantes. ¿Merecidas? No sé, pero mías, sobre todo.


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